Al contrario de lo que pueda pensar un sector de la población, enseñar artes marciales no consiste en crear matones, sino todo lo contrario.

Las artes marciales educan al cuerpo desde la mente, y una de sus máximas es la de desarrollar personas respetuosas con la sociedad desde la actitud en el dôjo. Tanto niños como adultos reciben estos valores durante la práctica, y los aplican también fuera de las clases.

Conocer las capacidades del cuerpo también enseña a rechazar la violencia, ya que son practicantes responsables de sus acciones. Quiere esto decir que la práctica prepara a los alumnos a defenderse de forma eficaz si llega el caso, y no a aplicar sus conocimientos con intenciones avasalladoras.

Contra el bullying tenemos varias formas de combatirlo: rechazarlo como sociedad civilizada, disponer legislaciones, efectuar denuncias, etc… pero también tenemos artes marciales para hacer que las personas sean más seguras de sí mismas y evitar estas situaciones de forma proactiva, que es la mejor forma de solucionar problemas: evitando que ocurran.

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