La visión es el principal sentido que nos guía, y es el medio por el que obtenemos mayor información. En la práctica de las Artes Marciales no es menos importante.

«Una especialidad de las artes marciales es ver de cerca lo que está lejos y ver lo que está cerca con distancia»

(Miyamoto Mushashi, El Libro de los Cinco Anillos)

Es importante en la lucha porque nos permite percibir el espacio, los oponentes y sus características. Es importante durante la meditación o concentración (mokuso), donde a menudo cerramos los ojos para fomentar la concentración o la relajación. Es importante el uso que hacemos de ella y cómo desarrollamos la capacidad de prestar atención a elementos concretos sin necesidad de mirarlos directamente. Se trata de cómo focalizamos esta atención y percepción, desde detrás de la mirada.

Ya en la sabíduría popular encontramos numerosos ejemplos de su importancia: » una imagen vale más que mil palabras», «ojos que no ven, corazón que no siente», «el que no sabe, es como el que no ve»… tanto es así que asumimos lo «visto» como si fueran «hechos». Sin embargo, la visión es falible, es sesgada y es limitada.

Cuando nos enfocamos en el detalle, perdemos contexto: el paisaje deja de ser relevante para nuestro cerebro. No queremos entender, sino describir. Definimos en nuestra mente las dimensiones de ese elemento y lo «descubrimos» a nuestro consciente. Esto es estimulante: estamos mirando de forma activa.

Por el contrario, cuando prestamos atención al conjunto, lo nimio se escapa de nuestra percepción y no entra en nuestro modelo espacial. En esta forma de percepción, todo oscila pero encuentra un equillibrio. Terminamos por vincularle un patrón. Dejamos entonces de prestar importancia a los detalles, adquirimos una sensación de control al ordenar el conjunto. Para nuestro cerebro cada elemento tiene un lugar propio que le corresponde. y sólo percibimos aquellos cambios o movimientos más evidentes. Esto nos relaja. Es una visión pasiva, una visión «blanda».

En lo práctico, estas transiciones las realizamos de forma automática e intuitiva. La mirada sigue la intención y permite descifrar ésta. De hecho, aquello que se visualiza o los pensamientos que cruzan nuestra mente, por fugaz que sea, suelen incorporar un gesto de mirada. Una persona concentrada en una tarea, «fijan» la mirada; una persona absorta, la «pierde» en la nada (en general en un espacio abierto).

Lo que en verdad estamos haciendo es crear mediante una visión pasiva, un mapa mental, un modelo que ubica en el espacio y en el tiempo los elementos que nos rodean. A menudo ya conocemos estos elementos y los interpretamos de forma automática. Mediante la observación activa, incluimos el sentido a ese conjunto y rellenamos los vacíos de este modelo.

No es de extrañar pues, que sea un campo de entrenamiento más en todos los sistemas de lucha más o menos estructurados: primero para hacer buen uso de ella bajo condiciones de estrés y de agresión; y luego como un elemento táctico más. Mediante este entrenamiento nos permite desarrollar facultades de anticipación eficaz. Esto se puede aplicar al combate, a un pie o a un puño… pero también a un coche circulando, un obstáculo repentino o un objeto al vuelo.

Visto y no visto

Por supuesto no es lo mismo mirar, que ver, que interpretar. Esto debe reflexionarse con cuidado.

  • La mirada dirige los ojos, contiene la expresión y transmite un mensaje de estado.
  • La visión, atiende a la percepción dirigida dentro del campo visual. La atención dirigida a aquellos elementos que tienen importancia en ese momento.
  • La percepción es un proceso complejo, elaborado por la experiencia y el resto del contexto en el que de forma intuitiva relacionamos lo que miran nuestros ojos, con lo que interpretamos que sucederá a continuación. Esto es lo que erróneamente ligamos a los «hechos» que observamos.

En el combate, puede ser tan peligroso perder los detalles, como perder el contexto. Es como jugar al Buscaminas de Windows, partimos de indicios. Un equilibrio es necesario y es lo que persigue expresar la sentencia de Miyamoto Mushashi, en la frase tomada del libro de Los Cinco Anillos y con la que abríamos el encabezado.

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La mirada, es también un elemento de comunicación, la posición de los párpados, donde se sitúa el punto de foco y la expresión de la cara son formas de comunicar un estado, una actitud o una emoción. Sus implicaciones van desde la intimidación, pasando por la manipulación, la pasión y hasta el socorro. Por tanto se puede aprender a mirar.

La visión se entrena desde el conocimiento. El estudio de los detalles nos permite saber cuáles son importantes. No importa si hablamos de un relojero, de un programador o de un budoka. Hemos de conocer qué es importante, lo buscamos y lo incluimos en nuestro modelo. Por tanto, se puede aprender a ver y a donde mirar.

Si sabemos donde mirar, la interpretación será sencilla y rápida de aprender. Es clave saber donde mirar, a qué prestar atención… pero también es clave saber en qué se van a traducir los indicios que ya hemos percibido. Esto viene dado por la experiencia, de donde se extrae la certeza de entender por qué, uno u otro detalle, es capaz de transformar un contexto en otro. Es, por tanto, entrenable y totalmente clave para la toma de decisiones, acciones y estrategias. Aún en ausencia de visión.

Por supuesto, si se puede aprender a mirar, pueden desarrollarse técnicas para ocultar detalles o movimientos, enmascararlos y aplicar una estrategia más eficaz.

Hay que tener buen ojo…

Es por tanto lógico que desde antaño, en las Artes Marciales Tradicionales se enseñe a mirar y a entrenar la visión. El término en japonés es Happomoku (mirada de ocho direcciones), y recoge el sentido de ver sin mirar a ningún punto concreto, bajo un estado de concentración o de alerta, zanshin (que trataremos también, en otra entrada del blog).

Al integrarse en la práctica física, condiciona nuestra percepción del entorno y puede incluirse en el estudio de la distancia o el Ma-ai, siendo fundamental en este tipo de trabajo.

En la defensa personal y en el combate, se aprende a despistar la percepción del agresor o del oponente con fines de eficacia; y también sobre el cómo aprovechar los ángulos de ataque y los ángulos ciegos de de visión. Esto sería inabordable desde una concepción bien integrada y con sentido dentro de los sistemas que enseñamos y aprendemos en cada día de práctica.

Asimismo, nos permite comunicarnos y en consecuencia desarrollar también un uso táctico de la mirada desde la psicología, con poderosas influencias en el combate. Si nos dispusiéramos a hablar sobre conceptos de mayor calado, podríamos desarrollar aspectos más complejos, como la proyección del Ki (energía interna o energía vital).

Por supuesto, si bien este tipo de consideraciones no es exclusivo de las Artes Marciales Tradicionales, sí que lo es la forma de integrarlo como un todo en un sistema estructuradao y transmisible, donde todas sus partes guardan relación y confeccionan un todo coherente y pulido tras muchos años de práctica y estudio.

Una consideración cultural

Cabe destacar 2 aspectos muy importantes de la mentalidad oriental, y en concreto de la japonesa para poder hacer buen uso, y un uso bueno de estas enseñanzas; de modo que se comprendan en profundidad, y en particular desde la filofía de las Artes Marciales:

  • La mentalidad oriental no trabaja con «elementos», sino con «conceptos». Esto dota a la cultura, la filosofía, el lenguaje y la comunicación de una profundidad acorde a lo sniveles de abstracción que los interlocutores son capaces de alcanzar, y replica su estructura proyectando estas enseñanzas al plano que correspondan. Ya desde la escritura, los kanjis son en realidad ideogramas, y el resto de tipos de escrituras, son en realidad sílabas (hiragana y katakana) o transcripciones occidentales (roman-ji).
  • El origen de las Artes Marciales son técnicas de guerra que evolucionaron en Japón por distintas vías hasta la revolución Meiji (finales s. XIX), y eran practicadas por los samuráis o «los que sirven«. Es donde se incluían los bushi, oficiales y soldados que poseían el equivalente a lo que en Occidente conocemos por Código de Caballero o de Caballería. Las 7 virtudes del Bushido:
    1. Gi – Rectitud o Justicia
    2. Rei – Respeto o Cortesía
    3. Yu – Valor, Espíritu de Audacia y Resistencia
    4. Meiyo – Honor
    5. Jin – Bondad, Benevolencia, Piedad para el Dolor
    6. Makoto – Honestidad, Veracidad y Sinceridad
    7. Chu – Deber y Lealtad

Tras la revolución Meiji, los conocimientos acumulados y confeccionados como forma de destruir al enemigo y de proteger la vida saliendo victorioso del combate, fueron altamente impopulares.

En una mundo cambiante, industrializado y civilizado, en el que ganaba relevancia la progresión personal frente a la condición de cuna; y donde la apertura internacional a culturas y mercados antes poco menos que testimoniales, era creciente; no era valioso saber como destruir. Pese a contener enseñanzas mucho más benévolas, este tipo de artes quedaron en el descrédito y la infamia. todas sus virtudes quedaron «fuera de foco» y los samurais fueron obligados a abandonar su condición. Muchos cometieron seppuku (suicidio ritual) o se hicieron mercenarios. Fueron parias en su propia tierra y no todos lograron adaptarse y reinsertarse en el nuevo modelo de sociedad.

Como curiosidad, muchos se hicieron barberos u oficios similares que les permitían portar asiduamente un acero, aunque fuese en forma de navaja. Esto les permitía una continuidad y una forma de autoprotección una vez desprovistos de su derecho a portar armas, ya que muchos consideraron un deshonor el enrolarse en el ejército imperial, enemigo durante la revolución.

Es la transición del Koryu Budo al Gendai Budo, donde se reinterpretan estos conocimientos hacia el desarrollo de cualidades individuales para mejorar la sociedad a través de los principios que sustentaron el Código Samurái. Por esta razón, esta enseñanza en valores será también siempre nuestra seña de identidad como artistas marciales, y responsabilidad de quienes los transmitimos a fomentar el buen uso de dichas enseñanzas, vetando o impidiendo cualquier uso contrario a estos principios.

Una mente abierta para nuestro tiempo

Para concluir este artículo, podemos extraer algunas lecciones más sobre la importancia de saber mirar.

Igual que en un combate, es imporante cómo y qué se mira, podemos aplicar estos «conceptos» a nuestra forma de entender el mundo y vivir nuestra vida. En un mundo cambiante, rico en información y con interacciones cada vez más rápidas, la complejidad de nuestra sociedad y sus realidades es creciente.

Es imposible de gestionar en apariencia, no hemos aprendido aún a dónde y cómo mirar como sociedad. Estamos en ello.

Nuestra intuición está sesgada: nuestro campo de visión es reducido y no es representativo de un contexto interconectado. Además, estamos sembrando una creciente desconfianza que obliga a comprobar la información continuamente o a confiar. si la confianza depende de la afinidad y el porcentaje de información que recibimos, volvemos a acrecentar el problema con un sesgo de opinión.

La desconfianza hace crecer la crispación y nos impide percibir la realidad como es, proyectándonos a nosotros mismos a contextos donde no tenemos influencia y no estamos respondiendo a los objetivos por los que de verdad podemos luchar y prosperar. No siempre partiremos de la experiencia, pero sí podemos practicar la prudencia.

Archivo:Miyamoto-Musashi-Fights-Sasaki-Kojiro-at-Ganryujima-Ukiyo-e.png -  Wikipedia, la enciclopedia libre

A pesar de que el libro de los Cinco Anillos es un tratado práctico de estrategia, y en concreto un manual de táctica de lucha con espada según la metodología de Miyamoto Mushashi (Nitten Ichi Ryu), la abstracción sobre los principios aprehendidos en él, y en las Artes Marciales Tradicionales, nos aportan muchas claves para ser personas más integras y eficientes en el desempeño de cualquier actividad y circunstancia. Pongamos las cosas en el contexto. Es sin duda un camino para una sociedad mejor.

Todo parte de saber mirar lo que está lejos, como si estuviera cerca; y lo que esta cerca, como si estuviera lejos.

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